Mientras el país se enfrasca en debates estériles sobre lo que los ciudadanos deciden hacer con su propio dinero en el ámbito de su fe, las verdaderas urgencias nacionales naufragan en el olvido.
Por Ernesto Rodriguez.- En la Atenas clásica, cuna de la democracia, los demagogos descubrieron que era más fácil movilizar a los ciudadanos apelando a la sospecha y al prejuicio que proponiendo reformas económicas reales. Así, grandes mentes y minorías eran juzgadas en la plaza pública para desviar la atención de las guerras perdidas y las arcas vacías. Esa misma estrategia de distracción masiva resucita hoy en el debate sobre el diezmo. La agresividad desmedida con la que sectores de la opinión pública fiscalizan las finanzas pastorales es un reflejo de esa vieja táctica.
Parece que es más fácil y rentable encender las antorchas de la inquisición digital contra los pastores evangélicos que sentarse a resolver las crisis estructurales que frenan nuestro desarrollo.
Lo verdaderamente escandaloso de esta inquisición digital es la indignación selectiva de nuestra sociedad. Mientras las antorchas mediáticas apuntan hacia los altares, los verdaderos saqueadores de las arcas caminan con impunidad frente a nuestras propias narices, vestidos de traje y corbata.
Es preocupante ver cómo sectores de la sociedad civil y creadores de contenido han volcado una agresividad desmedida hacia el liderazgo pastoral. Se juzga con una vara implacable el sostenimiento de las iglesias, ignorando de forma deliberada el gigantesco rol social que estas instituciones cumplen allí donde el Estado brilla por su ausencia.
Las iglesias rehabilitan adictos, alimentan familias, sostienen comedores y ofrecen un tejido de contención emocional y espiritual que ningún ministerio gubernamental ha logrado emular.
Dejemos de usar la fe de la gente como el chivo expiatorio de nuestras propias frustraciones colectivas. La fiscalización debe empezar por casa, cobrando los impuestos obligatorios a quienes más tienen y más evaden, en lugar de montar circos distractores con el dinero privado de la fe.
Atacar la práctica del diezmo —una decisión estrictamente voluntaria, privada y amparada en la libertad de culto— bajo la premisa de «proteger» a los fieles es un acto de soberbia intelectual y una falta de respeto a la autonomía de los ciudadanos.
Es momento de elevar el nivel de la discusión pública. El diezmo y la fe pertenecen al fuero interno de las personas y a las dinámicas de sus respectivas comunidades.













