Por Ernesto Rodríguez.
El béisbol, considerado el deporte rey de los dominicanos, pasó sin pena ni gloria por los Juegos Centroamericanos y del Caribe. El pírrico desempeño de la selección que nos representaba deja un mal sabor de boca en una disciplina en la que todos esperábamos levantar la presea dorada. Especialmente si tomamos en cuenta el nivel con el que respiramos y vivimos el béisbol en el país, y que dicha competición no presentaba un nivel inalcanzable. Esto provoca que más de uno se cuestione qué ocurrió realmente para pasar tal vergüenza.
Para que quienes me leen entiendan que tal debacle no es nueva, basta revisar la historia reciente. En esta edición, quienes disputarán el oro serán Nicaragua y Panamá; en San Salvador 2023, la selección de México se alzó con la gloria; en Barranquilla 2018, el que reinó fue Puerto Rico, y en Veracruz 2014, el trono correspondió a Cuba.
La República Dominicana no conoce la medalla de oro en béisbol desde Mayagüez 2010, edición que fue ganada por el país tras imponerse ante México.
Nos podríamos justificar con la mal usada frase deportiva de que “la pelota es redonda y viene en caja cuadrada” —una manera folclórica de expresar que en un partido de béisbol puede pasar cualquier cosa sin importar los pronósticos—. Sin embargo, cuando eres el anfitrión del evento y cuentas con jugadores conocidos que han participado en la liga profesional de invierno (LIDOM), lo mínimo que se espera es un desempeño digno, dominante y decente.
Lo preocupante no es solo perder y quedarse sin medallas; lo verdaderamente bochornoso es ver a los directivos de la federación asumir esta actuación con una asombrosa displicencia. Al leer las palabras del presidente de la Federación Dominicana de Béisbol (FEDOM), Juan Núñez Nepomuceno, quien dio unas declaraciones que dejan mas dudas sobre la labor de esa federación.
“…aunque la medalla no llegó, el orgullo de representar al país quedó intacto”, Juan Núñez Nepomuceno, presidente de la Federación Dominicana de Bésibol.
El primer cuestionamiento para el señor Juan Núñez (a quien no conozco en persona) es saber si el orgullo de nuestro deporte rey realmente quedó intacto tras este fiasco. A los periodistas, a los cronistas y hasta al ciudadano que anda a pie, nos interesa saber si habrá consecuencias o si simplemente se pasará la página sin rendir cuentas.
Mientras el béisbol se desplomaba, otras disciplinas menos tradicionales sacaban la cara. El esquí náutico, un deporte que no es de consumo masivo, se destacó históricamente gracias a los hermanos Pigozzi. De igual forma, el atletismo, el taekwondo, el judo y el boxeo cumplieron con creces, colocando la bandera dominicana en lo más alto del podio.
Al final, esto es el reflejo de una sociedad que se ha acostumbrado a que no se le exijan resultados y donde hemos normalizado el famoso “na e na” como respuesta automatizada a nuestras problemáticas.
¿Cómo explicar que, como país, hayamos pasado de la exigencia absoluta a un estado de indulgencia displicente, donde el fracaso ya no genera indignación, sino un simple encogimiento de hombros?
Los juegos terminan y la vida sigue, pero al paso que vamos, el béisbol dominicano pasará de ser el monarca indiscutible a un simple plebeyo en las competiciones de la región.













