La política dominicana ha contado con figuras outsiders, pero ninguna ha provocado tantas reacciones ni ha alcanzado el nivel de impacto del empresario e influencer Santiago Matías, mejor conocido como Alofoke. Su irrupción ha obligado a líderes históricos como Leonel Fernández e Hipólito Mejía, así como a diversos sectores del ámbito político, a pronunciarse y, en algunos casos, a desmeritar abiertamente sus aspiraciones.
Sería fácil caer en el juego de descalificarlo. Podríamos cuestionar qué hace en la política un joven que, hasta hace poco, producía uno de los realities más vistos en la historia del país; también podríamos criticar su forma de manejarse, sus improperios o incluso su vestimenta. Sin embargo, en lugar de irnos por la tangente, debemos preguntarnos: ¿qué provocó que hoy Santiago Matías sea el epicentro del debate político?
La respuesta la tienen los propios partidos tradicionales. Su dejadez ha hartado a una sociedad que, a diferencia de épocas anteriores, exige soluciones reales a sus problemáticas. Existe un segmento de la población cansado de promesas sobre políticas públicas que nunca se ejecutan.
Pronosticar que ganará las elecciones de 2028 es una apuesta arriesgada, pero asegurar que su presencia no incidirá en el electorado lo es aún más. En un escenario donde las encuestas actuales no muestran un claro ganador en primera vuelta, un outsider con su arrastre tiene el poder de inclinar la balanza en una segunda vuelta.
El fenómeno de Santiago Matías redefine el concepto de outsider en la República Dominicana debido a factores clave. En primer lugar, es dueño de su propia plataforma digital; a diferencia de los emergentes del pasado, quienes dependían del espacio que les cedieran la televisión tradicional o los periódicos, Alofoke no depende de nadie. En segundo lugar, cuenta con un monopolio orgánico sobre el voto joven y las clases populares.
Como analista, he sido un crítico asiduo de que la política dominicana se siga ejerciendo como si viviéramos en 1998: hacer campaña basada en el clientelismo, repartir unos cuantos pesos, distribuir alcohol y comida, para luego desaparecer hasta el próximo torneo electoral. Hoy en día, el ciudadano exige cercanía; quiere ser escuchado y tomado en cuenta.
Las redes sociales cumplen un rol vital en la dinámica pública actual. Cualquier ciudadano con un celular e internet puede elevar una imagen o destruir una reputación a partir de un simple rumor. A pesar de esto, muchos políticos tradicionales se resisten a la revolución tecnológica, relegándola bajo la premisa de «que eso es cosa de muchachos».
Por el momento nos detenemos aquí. Sin embargo, seguiremos analizando su evolución, porque nos guste o no, la nueva figura de la política dominicana aún tiene mucho que mostrar.













