Por: Hamlet E. Mota Portes
Hay sociedades que solo descubren el verdadero valor de sus grandes hombres cuando ya no están. Otras, en cambio, tienen la sabiduría de detenerse a tiempo para agradecerles mientras aún pueden escuchar ese reconocimiento.
Honrar en vida no es únicamente entregar una placa o leer una resolución. Es un acto de memoria colectiva. Es reconocer el regalo que determinadas personas representan para una nación y agradecer la contribución que, desde distintos escenarios, han hecho posible para que las generaciones presentes y futuras encuentren caminos abiertos, oportunidades y ejemplos que seguir.
Precisamente eso ocurrió cuando el Senado de la República Dominicana decidió reconocer a Marino Berigüete, un hombre cuya trayectoria difícilmente puede resumirse en un solo título.
Para algunos es el decano, por su extraordinario aporte al ámbito académico. Para otros, un escritor cuya obra trasciende la literatura y la poesía. Muchos lo identifican como un intelectual de consulta obligada cuando se habla de pensamiento político, comunicación y Estado. Y quienes tuvieron el privilegio de compartir con él responsabilidades públicas conocen otra de sus mayores virtudes: la integridad.
Marino Berigüete ocupó funciones de alta responsabilidad con la misma discreción con la que ha construido su prestigio. Nunca necesitó del protagonismo para dejar huellas profundas. Su conducta ética, su honestidad y su capacidad de análisis hicieron que, incluso después de abandonar esas posiciones, continuara siendo una referencia para quienes buscan orientación y consejo.
Existen personas cuya mayor obra no está escrita únicamente en los libros, sino también en las vidas que transforman. Ese es, probablemente, el mayor patrimonio que deja Marino Berigüete.
Entre las muchas enseñanzas que he recibido de él hay una que permanece conmigo y que resume su manera de comprender el servicio público y la responsabilidad personal:
“Cuidado con las decisiones que tomemos hoy; pueden cambiar varias generaciones.”
Es una frase sencilla, pero encierra una enorme verdad. Nos recuerda que las decisiones trascendentes rara vez afectan únicamente el presente; tienen la capacidad de influir en familias, comunidades e incluso en el destino de un país.
He tenido el privilegio de coincidir con Marino Berigüete en varias ocasiones. Recuerdo que, la segunda vez que conversamos, le expresé algo que hoy reitero con mayor convicción: compartir cualquier escenario con usted debe ser un verdadero espectáculo para quien desea aprender.
Porque conversar con Marino Berigüete significa recorrer la literatura, la historia, la política, la administración pública, las relaciones humanas y, sobre todo, descubrir la profundidad de alguien que nunca ha dejado de ser un auténtico ser humano.
El reconocimiento otorgado por el Senado de la República no solo honra a un hombre; también reivindica valores que hoy necesitan más visibilidad que nunca: la ética, el conocimiento, la humildad y el servicio.
En tiempos donde muchas veces se confunde notoriedad con grandeza, resulta esperanzador que las instituciones del país dediquen un espacio para reconocer trayectorias construidas con coherencia y dignidad.
Porque los verdaderos referentes no siempre son quienes más ruido hacen, sino quienes, con el paso de los años, terminan convirtiéndose en maestros de varias generaciones.
Enhorabuena, don Marino Berigüete.
Su legado hace mucho dejó de pertenecerle únicamente a usted. Hoy forma parte del patrimonio intelectual y humano de la República Dominicana.













